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COOPERATIVISMO VERSUS CAPITALISMO  

Félix Pardo



I. A vueltas con la libertad
Las expresiones “libre empresa” y “libre mercado” utilizadas en la definición del capitalismo son términos más propios del lenguaje filosófico que del lenguaje económico, pero han servido para ganar la batalla por la hegemonía intelectual y cultural del liberalismo económico en nuestra sociedad. La formulación de la propiedad privada como un derecho natural del ser humano apela a nuestros sentimientos más primitivos como depredadores, la posesión y disfrute particular de bienes. La respuesta favorable del individuo es inmediata. Y las complicidades que genera en su defensa llegan a ser brutales al poner la razón al servicio del instinto. La legitimación del beneficio privado de la propiedad incita al egoísmo y la avaricia, el afán de lucro sin límite alguno y la consiguiente explotación del trabajo. Exime al individuo de todo compromiso y responsabilidad para con su comunidad. De ahí que, desde el liberalismo económico, se afirme que la sociedad, a través de sus instituciones políticas, no debe interferir en las actividades económicas de los individuos.

Tal como han dicho diversos pensadores, somos lo que vivimos. De ahí que aceptemos como un hecho natural lo que en el pasado se formuló como un derecho desde una ideología política y que ha sobrevivido en el tiempo por las expectativas de beneficio que generaba, sobre todo a los propietarios de los medios de producción y de los capitales, que han dispuesto de todos los mecanismos de control social para la conservación y reproducción del sistema capitalista. Pero las mismas razones pragmáticas que justificaron el triunfo del liberalismo económico y su existencia hasta nuestros días son las que hora pueden justificar la transición hacia un nuevo sistema económico postcapitalista. Porque cada vez son más los individuos que ven cómo sus condiciones de vida se deterioran y no encuentran las oportunidades prometidas, aunque la mayoría no sea todavía consciente que la causa de sus males radica en el estilo de vida que reproducen al no considerar sus contradictorias consecuencias.

La libertad no está en las empresas ni en los mercados. La libertad está en las personas o no está. Otra consideración es una obscenidad moral. Y la defensa y vindicación de nuestra libertad exige anteponer las personas a las instituciones y a las ideologías. Puede que en el siglo XVIII, cuando irrumpe el liberalismo económico, la empresa capitalista, y en particular la sociedad anónima, fuese un instrumento de emancipación, al menos para la burguesía emergente en aquel tiempo. Pero hoy en día se ha convertido en un instrumento de explotación y de opresión para la mayoría de la población, en la medida que no garantiza la igualdad de oportunidades, no mejora las condiciones de los más desfavorecidos y somete nuestra voluntad a la autoridad arbitraria de otros.

La competencia y el beneficio no son los signos que nos definen como especie. Tal vez lo sea en nuestra condición animal, pero no en nuestra condición humana, que se expresa en la constitución de un sujeto ético. El signo que mejor nos define es la cooperación. El lenguaje, el trabajo, la técnica, el arte y el pensamiento son el resultado de la cooperación. Los mayores logros de nuestra cultura jamás se hubieran alcanzado en la lucha de todos contra todos, por la fuerza. En cambio, la ideología liberal ha inventado la imagen de un ser humano autárquico, un ser único que cree hallar en su individualidad la capacidad para mejorar sus vidas. El liberalismo ha glorificado hasta tal extremo el individualismo que la libertad individual se ha antepuesto a la justicia social, debilitando con ello las formas de vida comunitarias y los principios universales, llevando inevitablemente a la violencia. Tal como dice Ulrich Beck, “las instituciones cardinales de la sociedad moderna —los derechos civiles, políticos y sociales— están orientados al individuo y no al grupo. En la medida en que los derechos básicos se internalizan, la espiral de la individualización destruye los fundamentos existentes de la coexistencia social.” (1)

Ciertamente lo que es mejor para un individuo no tiene por qué serlo para la sociedad. Es más. Lo que es mejor para un individuo termina siendo lo peor para la sociedad. En verdad, cuando los individuos manejan los bienes comunes sin establecer unas reglas operativas basadas en la equidad en el acceso, el uso y el control democrático de los mismos y, por último, la regulación del comportamiento de los individuos sobre formas de cooperación, se tiende a la sobreexplotación de los recursos naturales y a la destrucción de los mismos. Como ha documentado Elinor Ostrom (2) con una adecuada metodología basada en el estudio de casos, los ciudadanos son capaces de resolver con éxito los dilemas de las acciones colectivas creando sistemas de gobernanza de bienes y servicios públicos siempre y cuando los atributos de una comunidad subsuman los atributos propios de los individuos que la integran.

En fin. La causa de la libertad no puede ser otra que la causa de la dignidad del ser humano, pero no la de cada individuo con abstracción de la sociedad, sino la de todos los individuos en tanto que sujetos éticos de una comunidad. Y la mejor contribución para esta causa es el desplazamiento de aquella imagen liberal del hombre por una nueva que no obedezca ya a los instintos y a la fuerza sino a la razón y al derecho. Hay que concebir un nuevo sujeto ético en el marco de la cooperación. De ahí la importancia de la empresa cooperativa, porque hace posible la emergencia de una nueva realidad social en la que haya su extensión y eficiencia este nuevo sujeto ético.

II. Caminos idóneos para la justicia
Las crisis financieras y económicas que vienen sucediéndose desde las últimas décadas del pasado siglo, y cada vez con mayor frecuencia, no son un ciclo más del sistema capitalista, sino la instauración de un nuevo orden económico que tiene en el shock social su modo de operar, como ha denunciado Naomi Klein (3) y ha reconocido Joseph Stiglitz (4). Si hasta entonces el capitalismo mantenía una tensa e hipócrita relación con la justicia, ahora está en abierta contradicción con el ideal de la buena sociedad y de una manera cruenta y cínica. La superación del capitalismo es, por tanto, una meta legítima no sólo por ser un sistema que no puede garantizar la justicia, como se ha afirmado no sólo desde la tradición socialista, sino también desde la tradición liberal, desde John Rawls(5) en adelante, sino también porque se ha convertido en su principal obstáculo.

Sin embargo, los caminos que se han andado hasta la fecha en esa dirección por quienes compartimos esta meta no nos han conducido al final deseado. De ahí que desde posiciones de izquierda (aquellas que tienen en la igualdad y en la equidad sus valores máximos) muchos hayan abandonado la lucha política contra la injusticia o se hayan acomodado en el pragmatismo. Tal vez no nos pongamos de acuerdo acerca de cuál deba ser la sociedad justa, pero como sostiene Amartya Sen (6), es fácil constatar el cúmulo de injusticias que generan algunos sistemas sociales, así como su posible reparación. Sin embargo, en el caso del capitalismo es difícil encontrar soluciones a las injusticias que crea, porque el capitalismo se reproduce en los márgenes de la justicia, cuando no en su misma negación. Si queremos avanzar hacia la buena sociedad es necesario, por tanto, buscar caminos idóneos para la justicia más allá del capitalismo, al menos por la parte que toca a todos los que no abandonamos este ideal político ni hemos caído en la autocomplacencia de los gestos.

Todos deberíamos saber, por las lecciones de la historia y de la propia experiencia, que de la elección de las propuestas y acciones dirigidas a la realización de la justicia depende en gran medida el éxito o el fracaso de nuestra vida social. Sin embargo, una de las tareas más difíciles de realizar en el seno de toda sociedad es coordinar las metas personales con las de otras personas. Para movilizar a una mayoría social hacia la justicia no sólo debemos proponer metas que estén orientadas por prácticas comunitarias y principios universales, con la menor ambigüedad posible, sino también debemos evitar la lucha por el poder que nos divide en amigos y enemigos políticos.

En este sentido, la cooperativa es el único modelo de organización económica que salva esos dos obstáculos, porque, de una parte, a diferencia de otras formas de empresa, sus metas no apuntan a los intereses del individuo sino a los de la comunidad, cuya evaluación es siempre más objetiva y conmensurable, y de otra parte, las energías que movilizan no persiguen la competencia sin límite o la propia supervivencia a cualquier precio, sino la relación equitativa con los diversos agentes económicos y sociales de su entorno. Por el contrario, plantear como modelo de relaciones sociales la lucha y de relaciones internacionales la guerra sólo se le puede ocurrir a un demente o a un filósofo político anclado en el sesgo romántico del modelo de Estado de la Antigua Grecia, a la manera de F. Nietzsche, cuya principal institución económica, conviene no olvidar, era la esclavitud, o bien en el sesgo católico del modelo de Estado teocrático de la Iglesia, a la manera de C. Schmitt, que persigue, tampoco conviene olvidar, un orden axiológico precrítico y predemocrático fundamentado en una supuestas leyes divinas.

Por otra parte, el trabajo cooperativo nos permite soltar el lastre de viejas categorías para explicar la realidad económica y plantear una alternativa real. Como aquella que pone del lado amigo la cooperación y del lado enemigo el mercado y el espíritu emprendedor. Es una imbecilidad demonizar, como hacen algunos demagogos del cooperativismo, la obtención de beneficios para los propietarios de los medios de producción si estos propietarios son los trabajadores y las plusvalías se destinan al desarrollo del mercado social en beneficio de todos. La injusticia no está en la generación de riqueza sino en la pobreza. La existencia de un mercado de bienes y capitales no es en sí mismo una injusticia, sino que lo es su apropiación privada, por los efectos negativos que produce en el hombre y en el medio, tal como sucede en el capitalismo. Como también es todo un despropósito poner trabas legales a la libre competencia entre sociedades cooperativas y sociedades mercantiles por lo que respecta a su constitución y capitalización, que impida el crecimiento de las primeras, en base a una irreductible subjetividad política por parte de los legisladores o los inspiradores de tales leyes desde posiciones de izquierda.

De hecho, la cooperativa es la única empresa que tiene como finalidad la justicia y es, de un modo natural, la alternativa más plausible y factible que tenemos al modelo de empresa capitalista. Sin embargo, este ideal se omite con demasiada frecuencia entre muchos cooperativistas, que no quieren ver que es imposible la coexistencia de la ayuda mútua y el lucro si lo que en verdad se persigue es un sistema económico más justo y una organización empresarial más humana. Así mismo, por los principios y los valores que definen la empresa cooperativa, ésta constituye no sólo la vía democrática para presionar al individuo a constituirse como sujeto ético, sino también un límite legítimo a la libertad individual postulada desde la ideología liberal, en la medida que confronta el trabajo social y ecológicamente responsable a unas actividades mercantiles que nos conducen irreversiblemente a la destrucción del medio, de las formas de vida comunitaria y a la polarización de nuestras sociedades entre una élite capitalista y una población sometida a los dictados de los más favorecidos, ya sea por la lotería de la naturaleza o de la sociedad.

III. Evitar situaciones paradójicas
Es una evidencia histórica que la lucha política contra el capitalismo ha traído revoluciones y éstas nuevos sistemas sociales con la promesa de la emancipación y la realización de la justicia. Pero también es una evidencia histórica que los sistemas llamados comunistas han sido en la práctica un capitalismo de Estado centralista y autoritario, y las poblaciones que han vivido bajo el comunismo han padecido de nuevo dominación y explotación. Ciertamente, en el pasado siglo, como consecuencia de la existencia de países comunistas, han habido grandes avances en derechos sociales. Y siguen siendo legítimos hoy en día los principios universales que nacieron del proyecto ilustrado en el que se basa la tradición socialista, que dotaron a los oprimidos y explotados de los instrumentos de emancipación política y económica. Pero no deja de ser paradójico que los principales beneficiarios hayan sido las poblaciones de los países capitalistas, con el propósito por parte de sus gobernantes de desarmar su crítica ideológica y adormecer sus conciencias, conjurando de este modo el fantasma del comunismo.

Después de dos siglos de lucha política contra la dominación y la explotación en el sistema capitalista cabe preguntarse si no nos hemos equivocado de camino en la búsqueda de la buena sociedad, si no hemos emprendido caminos contradictorios con las metas propuestas que nos han llevado a inevitables fracasos. ¿O es que se puede imponer por la fuerza una democracia? ¿Acaso podemos exigir a un individuo que sea libre o a toda una sociedad que sea feliz sobre el criterio de unas opiniones particulares o preferencias personales? Pienso que lo único que podemos exigir de forma legítima es la justicia entendida como trato equitativo entre las personas. Y por esto mismo entiendo que la prioridad de la lucha política debe desplazarse a favor de la lucha económica. Es importante no olvidar que la institución sobre la que se fundamenta el poder en el sistema capitalista es la propiedad privada de los medios de producción y los recursos financieros. Quien detenta la propiedad de las empresas y las entidades de crédito tiene el poder real en la sociedad capitalista, y su gestión comporta que una sociedad sea justa o injusta. Los ciudadanos hace ya tiempo que hemos alcanzado los derechos políticos, pero su ejercicio, incluso de la mano de los gobiernos de izquierda, apenas tiene influencia en esa institución o en su gestión, por lo que poco puede hacer la acción política frente a las injusticias que causa la propiedad privada.

Supongo que habrá quien piense que la solución pasa por un nuevo orden político que promulgue la abolición de toda forma de propiedad entre particulares, por la colectivización de bienes y nacionalización de capitales. Pero este camino ya se anduvo sin que se llegase a la buena sociedad, y además también se abolieron derechos políticos y civiles. Y está por ver, si consideramos las tendencias actuales de nuestra sociedad, la legitimación política de esta propuesta en el marco de la democracia, de una parte, y por otra parte, su posible éxito tras un proceso electoral. Es cierto que nuestra democracia es imperfecta, pero no es menos cierto que los caminos de perfección deberíamos dejarlos en manos de místicos o poetas, porque en la acción política han llevado a un nihilismo moral y a la destrucción del ser humano.

Al proyectar una alternativa al capitalismo podemos atravesar diferentes etapas, todas ellas racionales, pero no todas ellas razonables, y sólo en estas últimas deberíamos empeñar nuestra inteligencia para alcanzar dicho proyecto. Porque sólo el camino de lo razonable nos salva de las derivas antihumanistas, totalitarias o autoritarias de los proyectos sociales. Esas etapas no tienen entre ellas un orden cronológico determinado, pues hay momentos en los que se pueden presentar simultáneamente o bien con diferentes secuencias. De las tres que enumeramos a continuación, sólo la última alcanza un grado de madurez en función de su razonabilidad:

  1. una etapa utópica, en la que se han concebido modelos ideales de imposible cumplimiento, ya sea por la naturaleza excéntrica de sus ideas ya sea por las limitaciones de la naturaleza humana,
  2. una etapa experimental, en la que se han ensayado propuestas concretas pero que han resultado fallidas tanto por factores externos como internos de las sociedades en las que se han implantado, en parte por su dogmatismo político,
  3. una etapa realista, en la que han emergido y fructificado empresas no mercantiles (como es el caso de las cooperativas) y un mercado social que han aguantado el paso del tiempo y que compiten en eficiencia técnica i económica con las empresas y el mercado capitalistas.

La novedad de esta tercera etapa consiste en que su desarrollo no se ha originado bajo la presión de la ideología liberal ni por la emulación de la eficacia económica de la empresa capitalista en la acumulación del capital, como tampoco se ha originado en los diseños institucionales de los gobiernos de izquierda y de sus respectivas intervenciones en la economía. El desarrollo de las cooperativas tiene su origen en las iniciativas de los ciudadanos y de la sociedad civil, tal como encontramos en los pioneros de Rochdale, que han aplicado unos criterios realistas, a partir de su análisis del mercado, en consonancia con unos valores y principios éticos, a sus actividades económicas. El cooperativismo ha puesto de manifiesto que la cultura emprendedora no es un patrimonio del liberalismo, así como que el mercado social que construye fuera de la lógica de la explotación del trabajo tampoco es un patrimonio del comunismo.

Así pues, las cooperativas son la alternativa más realista al modelo de empresa capitalista. Los principios cooperativos que determinan la dirección estratégica de la organización buscan el desarrollo de la persona mediante el trabajo participativo y cooperante, el trato digno y respetuoso con los ideales de justicia, así como el progreso de la sociedad y la protección del medio ambiente a través de un desarrollo sostenible. Los valores cooperativos que se ponen en práctica a través de esos principios cooperativos, y que no son otros que la ayuda mutua, la responsabilidad, la democracia, la igualdad, la equidad y la solidaridad, representan en su conjunto las máximas aspiraciones del ser humano en tanto que ser social y nos emplazan a ir más allá del capitalismo. Y en la medida que armonizan lo individual y lo comunitario, el deseo y el compromiso, y someten el comportamiento impulsivo a la deliberación consciente y racional, el afán de lucro a la responsabilidad social, conforma de este modo unas nuevas relaciones humanas y laborales que no tienen cabida en las formas organizativas de las empresas mercantiles propias del capitalismo.

IV. La conquista de la plena ciudadanía
La ciudad es en esencia un espacio cooperativo y el ejercicio de la ciudadanía en busca de soluciones a los problemas de la vida social, en tanto que exige coordinar metas, aspiraciones y conductas entre todos los ciudadanos, tiene en la organización cooperativa el medio más adecuado para su fomento y desarrollo. En este punto, la tradición liberal aventaja con creces a la tradición socialista (7). La fuente de soluciones no está en el Estado sino en los ciudadanos, por la sencilla razón que éstos son los primeros interesados en buscar las mejores condiciones para alcanzar su felicidad y la justicia social. Las administraciones públicas pueden ponerse del lado de los ciudadanos, pero no deben usurpar su papel como principales agentes económicos, porque, como se ha demostrado, su acción resulta menos eficiente y, lo que es peor, puede conducirnos al fascismo o al comunismo no democrático. En este sentido, la izquierda tiene aun por delante el reto de desplazar el viejo lema que antepone el Estado al ciudadano.

Por otra parte, los problemas de la vida social sólo se resuelven de forma eficaz cuando incluyen al mayor número posible de afectados y al mismo tiempo se respetan los valores cívicos que hacen posible la convivencia y la construcción de la ciudad. Sólo cuando se integran los proyectos individuales en los proyectos comunitarios, cuando se comparten unos mismos intereses, cuando se colabora de tal modo que se obtiene de cada uno lo mejor y se obtiene del conjunto de individuos los mejores resultados, emerge entonces el capital intelectual de una sociedad. De su éxito depende, por tanto, la solución más eficaz a los problemas sociales, que no es otra cosa que la justicia. Por esto mismo, las empresas cooperativas deben competir con las empresas mercantiles en su gestión del capital intelectual. Todavía más. Las cooperativas deben liderar la tendencia actual de convertir el capital intelectual en el principal activo económico de la empresa, en su auténtica fuente de riqueza. En el cumplimiento de este objetivo no sólo se juega la cooperativa su razón de ser y su demarcación de aquellas otras cooperativas espurias, sino la construcción de un modelo de organización social compatible con la justicia.

No está de más recordar aquí que hay que seguir “machacando”, como interpeló Joan Ventosa i Roig a los cooperativistas de su tiempo, porque “por elevada que sea la idealidad del cooperativismo, su fundamento y su vida son eminentemente económicos, y cuanto más perfecta sea su organización, cuanto mejor cumpla sus fines inmediatos, más abundantes serán sus recursos, mayores, por lo tanto, sus facilidades para avanzar en su camino hacia el ideal último que a todos nos guía y que no es otro que la substitución del sistema capitalista por una organización más humana fundada en la mútua ayuda” (8). Ciertamente, si nuestra meta es la justicia, la buena sociedad, y un camino idóneo es la implantación de los derechos económicos de los trabajadores, esto es, llevar el ejercicio de la ciudadanía dentro de las empresas, terminando de este modo con una injustificable excepción en el actual Estado de derecho, tenemos que aspirar al desarrollo del modelo cooperativo de empresa participando tanto en su creación como socios como en su crecimiento como usuarios o consumidores, porque sólo con nuestras aportaciones de capital, trabajo y conocimiento, así como con la adquisición de bienes, las cooperativas pueden llegar a tener las mismas oportunidades de negocio que las empresas capitalistas, y de este modo puedan llegar a desplazar a esta últimas de su posición privilegiada en la actividad económica. En caso contrario, caeremos en una vergonzante autocomplacencia.

Como ya nos advirtió el mismo Ventosa i Roig hace más de 80 años, “mientras sean una minoría las sociedades que se concierten para efectuar sus compras, mientras continuemos orgullosos con nuestras minúsculas cooperativas y empeñados en realizar una obra social inmensa, con recursos miserables, mientras no demostremos prácticamente que somos capaces de renunciar a nuestro gregarismo semibárbaro al oir hablar de amor a la cooperación, de redención obrera, y de justicia social, muy a pesar nuestro acudirá a nuestros labios aquella frase: «¡Palabras, palabras, nada más que palabras! (9) ». Afortunadamente las cooperativas han crecido, desde entonces, en número y dimensión, los recursos que ahora disponen son mayores y, tras las crisis de las ideologías de los años 70 en adelante, el cooperativismo ha avanzado con ideas e iniciativas propias. Pero todavía arrastra el cooperativismo un cierto complejo de inferioridad en relación al capitalismo al no tomarse como una alternativa real y resignarse a su coexistencia.

Por otra parte, como nos llama la atención José Antonio Marina en su ensayo La inteligencia fracasada, “los estilos afectivos sociales condicionan la vida del individuo, aumentándola o disminuyéndola” (10). En este sentido, los partidos políticos de izquierda y los sindicatos de clase tienen una enorme responsabilidad en el comportamiento de la ciudadanía, porque su compromiso con la justicia es determinante para la vida social. De hecho, la quiebra de la justicia que se viene sucediendo en las sociedades occidentales desde los años 70 del pasado siglo difícilmente hubiera ocurrido sin la complicidad de esas organizaciones, que han perdido por el camino de las responsabilidades políticas sus responsabilidades morales. Tal como nos advierte el mismo Marina, citando a Noam Chomsky, “hoy día, los herederos de los intelectuales de izquierda buscan privar a los trabajadores de los instrumentos de emancipación, informándonos de que el proyecto de los enciclopedistas ha muerto, que debemos abandonar las ilusiones de la ciencia y de la racionalidad, un mensaje que llenará de gozo a los poderosos, encantados de monopolizar esos instrumentos para su propio uso” (11).

Es incomprensible que los partidos de izquierda, durante todos estos años de gobierno en los ayuntamientos, en las comunidades autónomas o en la administración central del Estado, no hayan visto que el modelo de empresa cooperativa representa la legítima aspiración de los trabajadores a la ciudadanía del poder. Los partidos políticos de izquierda con responsabilidades de gobierno tienen un importante papel que jugar, porque tienen en sus manos la posibilidad de promover por vías democráticas una alternativa real al capitalismo. Bastaría con ofrecer a las cooperativas una relación privilegiada con el sector público, de manera que muevan a las empresas capitalistas a competir con ellas en las cláusulas sociales de este sector económico, transformando con ello sus organizaciones y en consecuencia las reglas de funcionamiento del mercado.

Para alcanzar la buena sociedad por vías democráticas no hay que abolir derechos, sino ampliarlos al conjunto de la ciudadanía. La propiedad de un medio de producción no es un mal en sí mismo que justifique su abolición. El mal radica en su pertenencia o apropiación por un particular, lo que conduce inevitablemente, por una parte, a que los no propietarios queden excluidos de la toma de decisiones en la empresa y con ello del control de sus vidas como asalariados, y por otra parte, por la lógica del deseo a aumentar el capital propio, a que el propietario llegue a anteponer su beneficio personal a las necesidades vitales de los asalariados y por ende termine en la explotación del trabajo. En este sentido, la auténtica emancipación económica de los trabajadores no pasa por la mejora de las condiciones del trabajo asalariado, sino por la transformación de esta forma de trabajo, que será siempre una relación de dominación basada en la coacción y el miedo, sustituyendo la propiedad privada por la propiedad colectiva de los medios de producción, tal como se viene haciendo en las empresas cooperativas. Sólo cuando los trabajadores sean conscientes que la empresa cooperativa es la única que le permite apoderarse de su trabajo y den el paso hacia el cooperativismo, se podrá garantizar el control democrático de nuestras condiciones materiales de vida, de las que depende nuestra libertad e igualdad de oportunidades. No se trata, por tanto, de abolir las empresas capitalistas, sino de superarlas mediante la creación y el crecimiento de empresas cooperativas, desde la convicción que salimos ganando.

En este sentido, los sindicatos afines a la izquierda deberían hacer una profunda reflexión sobre el papel que deben jugar no sólo en relación a las cooperativas, sino también en lo que se refiere a la meta de la superación del capitalismo. Mientras sigan existiendo trabajos forzados por la necesidad y la violencia de clase en la eufemísticamente llamada libre empresa, es obvio que no pueden dejar de acometer la defensa de los derechos de los trabajadores y la mejora de sus condiciones laborales. Pero no me parece razonable que no tengan otro horizonte que el de ganar poder de decisión en la empresa capitalista a través de los convenios colectivos o las leyes, porque en su relación dialéctica con el capital no se obtiene la superación del capitalismo, sino únicamente la hibridación del sindicalismo con el mismo, y por tanto la permanencia de un sistema económico injusto bajo nuevas formas de ejercer su poder. En mi opinión, los sindicatos afines a la tradición socialista o anarquista deberían tomar como uno de sus principios estratégicos la transformación del asalariado en propietario de los medios de producción. Y en nuestra actual democracia, con independencia de los juicios de valor que les merezca, el instrumento que tienen a su alcance es el cooperativismo.

V. La transición a la democracia económica
Pero las cooperativas, por sí mismas, no tienen suficiente fuerza como para producir un proceso de transición a un nuevo sistema social más allá del capitalismo. Sin otros instrumentos económicos no pasaría de un estado de coexistencia con las empresas capitalistas. Los instrumentos que precisa para realizar dicha transición son numerosos, como por ejemplo la etiqueta social, el balance social, la renta básica o los presupuestos participativos. Pero entre todos ellos los más decisivos, al menos a corto plazo por su factibilidad, son el consumo responsable y la banca ética.

Con respecto al consumo responsable, podemos sintetizar los principios que inspiran su práctica en los tres siguientes: 1) el reconocimiento de la dimensión ética en el consumo, al identificar el consumidor con el ciudadano que promueve una sociedad justa y una economía sostenible; 2) el control de las decisiones al margen de la moda y la publicidad, y 3) tomar el acto de consumo como un voto a favor de las empresas que promueven los valores con los que nos identificamos y que se pueden sintetizar en el respeto por las personas y por el medio ambiente. La puesta en práctica de estos principios a través del acto del consumo representa una poderosa herramienta para la transformación del sistema capitalista, en la medida que promueve una subversión de su lógica de crecimiento sin límite basado en el consumismo, la obsolescencia tecnológica programada y el crédito.

Si consideramos el funcionamiento del mercado social como una realidad que emerge en la confluencia y articulación de toda una serie de iniciativas ciudadanas y de la sociedad civil, sin ánimo de lucro y con el único fin del bien común y el interés general, unas iniciativas entre las que cabe destacar el cooperativismo, la banca ética y el consumo responsable, podemos observar cómo este último proporciona los ingresos necesarios para la existencia de las cooperativas al priorizar el consumo de sus productos o la utilización de sus servicios. Y también podemos ver cómo el ahorro que genera este tipo de consumo, siguiendo la lógica de la responsabilidad social, provee los fondos de la banca ética, en tanto que sus productos financieros también son priorizados en el uso responsable de los servicios bancarios, unos fondos con los que se podrá financiar a las cooperativas, cerrándose con ello el circuito del mercado social. De este modo, el ahorro privado se vincula a la inversión productiva de las empresas cooperativas a diferencia de la práctica habitual del sistema financiero capitalista, en el que el ahorro busca fundamentalmente la rentabilidad más alta mediante inversiones especulativas. En consecuencia, el consumo responsable es el instrumento dinamizador del mercado social. Representa el punto de apoyo sobre el que pueden operar las cooperativas y la banca ética como palancas que desplacen el capitalismo como sistema económico central y hegemónico de nuestra sociedad.

Así pues, las cooperativas junto a la banca ética y el consumo responsable representan los principales instrumentos que tenemos a nuestra disposición para alcanzar la meta de la superación del capitalismo en la medida que crean una serie de interrelaciones y sinergias en esa misma dirección. En su conjunto promueven una gran variedad de dinámicas sociales que pueden llegar a integrarse a través del balance social, que hace posible, por un lado, el control democrático del mercado del trabajo y del capital, y por otro lado, hace posible la emergencia de una nueva realidad económica, el mercado social, con el que se efectua la alternativa al mercado capitalista. Y justamente esta red de experiencias y organizaciones puestas al servicio del ideal de la buena sociedad, esto es, una sociedad que tiene como meta la justicia, es lo que podemos llegar a concebir como Democracia Económica.

Desde la Associació Projecte Democràcia Econòmica a la que pertenezco entendemos que ya tenemos los medios para alcanzar un efectivo control democrático de la economía, siendo la empresa cooperativa la primera vía que hay que emprender en este proceso de transformación social. De hecho, el cooperativismo se puede definir como una organización y gestión democrática de la empresa bajo el liderazgo coletivo del conjunto los trabajadores que la integran y que persigue el ideal de la emancipación económica del ser humano, por lo que se puede llamar también socialismo de mercado. Así lo entienden los principales pensadores del cooperativismo, entre los que destacan en nuestro país Joan Ventosa i Roig i Josep Duran i Guardia.

Por este motivo nos llenó de alegría la aparición del modelo postulado por el matemático y pensador norteamericano David Schweickart, en el que encontramos una propuesta tan racional y ética como factible a gran escala para avanzar en la construcción de un nuevo sistema social postcapitalista que converge con el cooperatisvismo. Schweickart nos habla también de Democracia Económica en el mismo sentido de socialismo democrátrico y autogestionario de mercado, si bien propone un diseño del sistema financiero que complementa la teoría cooperatista formulada hasta la fecha. En sus libros Against Capitalism (1993) i After Capitalism (2002) (12) plantea una planificación descentralizada de los fondos de inversión, la propiedad de los cuales es pública, y que su uso esté sujeto a control social. Respeta los derechos y libertades civiles, con la excepción de los bienes productivos, que son de propiedad pública. Este modelo subsume la democracia participativa y presupone la intervención del Estado para regular las actividades mercantiles, garantizar los derechos sociales de los trabajadores y promover el desarrollo de la investigación básica en beneficio de todas las empresas.

Ciertamente, el Estado tiene un papel muy importante en la transición a la Democracia Económica, pues las políticas públicas la pueden impulsar o bien frenar. Pero las personas que integramos el Projecte Democràcia Econòmica pensamos, y en esto no compartimos el idealismo institucional de Schweickart, que esta transición no debe estar tutelada por el Estado, como se ha pensado hasta ahora en la tradición socialista, sino que debe estar promovida y conducida por los ciudadanos y la sociedad civil. Deciamos más arriba que podemos concebir la Democracia Económica como una red de experiencias y organizaciones que tejen el cooperativismo, la banca ética y el consumo responsable y del que emerge el mercado social. Pues bien. Entendemos que este mercado social debe ser construido y organizado no ya desde los poderes públicos sino desde unos ciudadanos emprendedores que comparten la misma meta, la superación del capitalismo, y las mismas razones, la defensa de los lemas del proyecto ilustrado y del ideario de la izquierda: libertad, Igualdad, fraternidad y solidaridad. Porque estos lemas no son sino los requisitos de justicia propios de una sociedad emancipada y democrática que el sistema capitalista no satisface.

No podemos obviar que hay un déficit en los derechos de ciudadanía por lo que toca al papel del ciudadano en relación a las empresas y a los mercados. Pero conviene decir que este déficit no se explica tan sólo por la violencia ejercida sobre los trabajadores, sino también por la falta de iniciativas de los mismos trabajadores. Unas iniciativas, hay que subrayar, que son fundamentales para la creación del mercado social. De lo contrario se repetirán los errores del pasado y se desmovilizará de nuevo al conjunto de la ciudadanía. La fuerza de la idea de Democracia Económica que nosotros postulamos consiste justamente en el ejercicio pleno de los derechos de ciudadanía a través de la participación activa i responsable de los ciudadanos en el mercado social. De modelos ya tenemos unos cuantos. Ahora sólo falta ponernos manos a la obra.

NOTAS

1 Cita tomada el libro de José Antonio Marina La inteligencia fracasada. Teoría y práctica de la estupidez. Anagrama, Barcelona, 2008, p. 126.
2 El gobierno de los bienes comunes. La evolución de las instituciones de acción colectiva. México, UNAM, 2000. Para una primera aproximación puede leerse el artículo “El gobierno de los bienes comunes desde el punto de vista de la ciudadanía”, publicado en el libro colectivo Genes, bytes y emisiones: bienes comunes y ciudadanía, compilado por Silke Helfrich (Fundación Heinrich Böll, 2008), y que se puede descargar gratuitamente en internet (www.boell-latinoamerica.org).
3 La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Barcelona, Paidós, 2007.
4 “Bleakonomics”, artículo publicado en The New York Times, 30.09.2007
5 En La justicia como equidad. Una reformulación (Barcelona, Paidós, 2002), afirma que de las cinco clases de regímenes considerados como sistemas sociales: el capitalismo del laissez-faire, el capitalismo del Estado de bienestar, el socialismo de Estado con economía planificada, la democracia de propietarios y el socialismo liberal (democrático), sólo los dos últimos respetan los dos principios de justicia (la igualdad equitativa de oportunidades y el beneficio de la creación de riqueza a los más desfavorecidos), y entiende que la democracia de propietarios que postula es plenamente compatible con la empresa cooperativa (pp. 186-191 y 235).
6 La idea de la justicia. Madrid, Taurus, 2010.
7 Jonh Rawls en La justicia como equidad. Una reformulación, op. cit., nos recuerda que J. Stuart Mill “creía que la gente preferiría intensamente trabajar en dichas empresas [las gestionadas por los trabajadores]; ello permitiría que las empresas pagaran menores salarios aun siendo altamente eficientes. A su debido tiempo, esas empresas terminarían por vencer de forma creciente a las empresas capitalistas. La economía capitalista iría desapareciendo gradualmente y sería sustituida pacíficamente por empresas gestionadas por los trabajadores dentro de una economía competitiva” (p. 235). Por lo que respecta a la idea de pagar menos salarios, conviene no olvidar que la explotación no reside tanto en la percepción del salario en relación al beneficio, sino en la capacidad adquisita del salario en relación a los precios del mercado. Si los trabajadores cooperativos consumen los bienes de las cooperativas y estos bienes son más baratos que los de las empresas capitalistas, pueden tener menores ingresos manteniendo su poder adquisitivo, y con ello desplazar a la empresa capitalista de su posición dominante en el mercado. Esta idea también fue postulada en nuestro país por Joan Ventosa i Roig en Las cooperativas sindicales (1955).
8 Machacando”, en Acción Coperatista, Barcelona, 4 julio 1930, año XI, nº 374, p. 2. 9 Ibid. 10 La inteligencia fracasada, op. cit., p. 155. 11 Íbid. , p. 160. 12 Para el análisis de este modelo véase el capítulo II del libro colectivo Democracia Económica. Hacia una alternativa al capitalismo, coordinado por Antoni Comín y Luca Gervasoni, recientemente publicado en Icaria, en el que se encuentra un texto del propio Schweickart titulado “Sí que hay una alternativa”, en el que presenta la Democracia Económica como un nuevo sistema social capaz de superar con éxito las crisis económicas, además de garantizar la justicia social y ser más compatible con la responsabilidad ecológica.

 

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